No son muchas las posibilidades que tiene una persona, músico o no, de tener la experiencia de vivir desde dentro la Sinfonía nº7 de Shostakovich. Afortunadamente, el 11 de Junio de 2019, mientras estaba realizando una importante prueba de acceso a un conservatorio superior, recibí un correo que me invitaba a formar parte de una orquesta joven para poder interpretarla. En aquel entonces, toda la felicidad que recibí venía directamente de que me brindaran la oportunidad de tocar con la agrupación que había contactado conmigo, cuando ya pensaba que las posibilidades de que pudiera asistir al encuentro eran casi nulas. No sabía entonces de la envergadura de la obra que estaba por interpretar. Grande fue la sorpresa que me llevé al escucharla y al leer sobre ella. Se trataba de una pieza monumental, tanto en duración como en número de intérpretes, llena de sonoridades grandes y poderosas pero también apacibles y tiernas. Pero lo realmente interesante de esta música está en el cuando, cómo y por qué se compuso.
Durante la Segunda Guerra Mundial, las tropas alemanas entraron en Rusia para su conquista empezando por la ciudad de Leningrado por su ubicación y por la presencia de una enorme fabrica de armamento. Shostakovich vivía en la ciudad, trabajando en el conservatorio. Durante el verano de 1941, el gobierno ruso avisó de lo que estaba por acontecer. Shostakovich trató de alistarse hasta en tres ocasiones en el ejército de la Unión Soviética, pero evidentemente todas sus solicitudes fueron denegadas. Fue así como comenzó a trabajar en la brigada de extinción de incendios mientras los alemanes asediaban la ciudad. Su foto con el uniforme de bombero (la cual podéis encontrar en la cabecera de este post) dio la vuelta al mundo. Imaginaos, uno de los compositores con más reputación de su época sofocando fuegos ocasionados por los bombardeos diarios de las tropas alemanas. Además, también custodiaba el conservatorio, preparaba programas y arreglaba canciones populares para el disfrute de los soldados. El asedio fue verdaderamente dramático. El racionamiento de comida , que consistía en un trozo de pan de ciento veinticinco gramos formado por agua, harina, serrín, celulosa y alpiste, no era suficiente para satisfacer el hambre del pueblo de Leningrado. A los tres meses del sitio ya no quedaban en la ciudad perros, gatos o caballos. Los casos de canibalismo se volvían cada vez más habituales e incluso se produjeron asesinatos para robar la cartilla de racionamiento. Los cadáveres se amontonaban en las calles ya que la gente no tenía fuerzas suficientes para arrastrar a sus seres queridos fallecidos hasta las fosas. Mientras, Shostakovich sintió la necesidad de relatar lo que estaba pasando y, no solo eso, quiso decir que esa guerra se iba a ganar y lo hizo con música. Estas son unas palabras del propio autor:
"Me propuse escribir una obra sobre nuestras gentes, que durante la lucha contra el enemigo emprendida bajo el signo de la victoria, se convirtieron en héroes [...] Mientras trabajaba en la nueva sinfonía pensaba en la grandeza de nuestro pueblo, en su heroísmo, en las maravillosas ideas humanistas, en los valores humanos, en nuestra naturaleza, en la humanidad, en la belleza [...] Dedico mi Sinfonía nº7 a nuestra lucha contra el fascismo, a nuestra incontrovertible victoria sobre el enemigo y a Leningrado, mi ciudad natal. (Sed'maja simfonija. Pravda, 19 de marzo de 1942)
La motivación por crear esta sinfonía en condiciones tan fuera de lo común y la responsabilidad de crear una obra dedicada a la gran guerra nacional hicieron que Shostakovich trabajara sin descanso durante días. Los tres primeros movimientos fueron escritos en la propia Leningrado, durante el ataque incesante de las tropas enemigas. Compuso tan rápido que dudaba de la calidad de su música, viéndose obligado a invitar a varios amigos a una pequeña representación al piano para compartir lo que estaba escribiendo y fue recibido muy positivamente por parte de sus compañeros. Poco después tanto el autor como su familia fueron evacuados a Kuibyshev (actual Samara) una ciudad muy al este del país junto a otras personalidades intelectuales. Allí terminó la sinfonía, una pieza que suena a guerra, suena a las tranquilas y anchas calles de la ciudad antes de la llegada de los alemanes y suena a el pueblo ruso cantando unido. La obra tuvo mucho éxito. Fue interpretada en orquestas de todo el planeta, incluyendo una orquesta creada en la propia Leningrado durante el asedio. No puedo no imaginarme al pobre director encargado buscando músicos entre las trincheras. El día del concierto la sinfonía fue retransmitida por radio en toda la ciudad, llegando incluso a los soldados alemanes, quienes años después admitirían que en aquel entonces muchos de ellos supieron que no podrían ganar esa guerra.
Imaginad como puede uno sentirse al interpretar esto. Saber que hace menos de cien años un puñado de músicos famélicos decidieron contestar con una sinfonía al hambre y a las balas. Puedo afirmar que mientras la ensayábamos se me ponía la piel de gallina o se me escapaba alguna lágrima, pero ninguna emoción era comparable a la que sentía al mirar a un lado o a otro en los famosos compases de espera de los que gozamos (o no) los trombonistas y darme cuenta que no era el único emocionado. Sentir como al menos setenta personas mas sentían cosas iguales o parecidas a mi, transportándose a ese escenario, a ese lugar. Estas son cosas que solo la música, como magia intangible que es, puede conseguir.
Aquí os dejo una excelente versión de esta sinfonía interpretada por la Frankfurt Radio Symphony y dirigida por el finlandés Klaus Mäkelä.

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