No todos tienen la suerte de pertenecer a una familia rica, y mucho menos de nacer como príncipe de un reino. Crecí rodeado de lujos, siervos, abundancia y privilegios de todo tipo. No conocí el hambre, la pobreza o la inmundicia, pero al igual que tantas otras historias ya contadas no llegué a conocer el amor.¿Queréis que sea del todo sincero con vosotros? Yo nunca fui feliz. Durante mi adolescencia pude comprobar la cruel realidad de la desigualdad que había en el reino. Cuanto más rica era mi familia, más penurias pasaban nuestros aldeanos. "Nuestros aldeanos", siempre odié esa expresión. Hablaban como si esa gente nos perteneciera, y hasta cierto punto llegué a sentir que así era. Dependían de nosotros para saber cuánta comida podían tener, cuánto tiempo tenían que trabajar nuestras tierra e incluso hasta cuándo debían vivir por culpa de tener que luchar en las guerras de mi padre. La desazón comenzó a consumirme poco a poco y yo no podía estar preparado para poder gobernarlos llegado el momento. No sabía cómo podría ayudarles, tampoco si me estaría permitida tal cosa. ¿A caso acabaría siendo como mi padre, déspota y egoísta? La respuesta era evidente, al menos en mi cabeza, y era un rotundo y tajante no. Yo quería escapar, huir de todo aquello y poder crear con mis manos el camino que tomaría mi vida, pero supe desde pequeño que el volar era un privilegio del que solo gozaban las aves y otras pocas bestias afortunadas.
Poco después de cumplir los 15 años mis padres partieron en barco en busca de un acuerdo comercial con un imperio lejano, pero el barco nunca llegó a su destino. Se preocuparon tanto de causar una buena impresión a sus futuros socios que la ostentosidad del barco atrajo a un navío pirata, causando su robo y, cómo no, la muerte de todos sus tripulantes. No puedo decir que al enterarme de la noticia sintiera pena o tristeza pues como ya he dicho, nunca supe lo que era el amor. Pero, ¿qué debía hacer ahora? Me sentía atrapado, superado por la situación y no fueron pocos los días que pasaron hasta que pude tomar una decisión. Una noche me despertó una voz. Era una voz femenina, dulce y cariñosa, de esas que cuando las escuchas parece que te abrazan.
Ven conmigo.
Dijo la voz. Decidí ignorarla pero mentiría si os dijera que lo conseguí. Esa voz había hecho algo en mí. De repente, empecé a sentir cosas que me empujaban a seguirla pero, ¿de dónde venía?, ¿tan solo yo podía oírla?, ¿a dónde quería que fuera?. No mucho tiempo después decidí tomar una decisión, la decisión más justa, coherente y digna que fui capaz de generar: delegar mi mandato en el consejero de mayor valor para mi padre y repartir la mayor parte de las riquezas de mi familia equitativamente entre los habitantes de mi reino. "Estás loco" decían algunos, "eres muy generoso" decían otros muchos. Pero realmente, lo que hice consistió en el acto de egoísmo más grande que ha habido nunca. Es cierto que aquella decisión ayudó a muchos, pero el primer beneficiado era yo, pues me había brindado la oportunidad de volar. Y entonces, me fui del reino.
Pasé cuatro años recorriendo el mundo conocido, en busca de la voz. Cuando ya conocía una ciudad o un bosque partía hacia otro. Todo era nuevo para mí. El sonido del agua en los ríos, el olor de las flores, el sabor de las comidas de cada lugar, las canciones que cada noche podía escuchar en las tabernas de cada ciudad. ¡Qué tabernas! Jamás había podido imaginar lo feliz que se puede poner una persona con una buena canción y dos jarras de una cerveza bien fría. Mirara donde mirara aprendía y sentía cosas nuevas, pero pasó mucho tiempo hasta que pude volver a escuchar aquella voz. Una mañana de enero me encontraba en un sendero que atravesaba un frondoso bosque entre las montañas. No sabía a dónde conducía aquel camino pero perderme no era algo que me importara. En una pendiente, encontré un perro. Casi no podía verlo porque era blanco como la nieve y se camuflaba con el entorno. ¿Qué hacía un perro tan pequeño en un lugar tan inhóspito? Cuando me acerqué a él salió corriendo camino arriba. Sentí entonces la necesidad de perseguirlo. El sendero era largo y empinado, y en cierto punto se bifurcaba en otros tres, pero la nieve facilitó en gran medida poder encontrar a aquella pequeña criatura siguiendo sus diminutas huellas. Tras más de tres horas de caminata y sin darme cuenta, el bosque y el camino desaparecieron y llegué a un diminuto puente que conducía a lo que parecía ser un santuario abandonado en un pequeño valle entre las montañas. Comenzó a nevar con fuerza y atravesé el puente antes de que la nueve lo cubriera por completo, impidiendo el paso a través de él. Aquel lugar, que hace mucho tiempo debió ser increíblemente hermoso, se encontraba descuidado y atacado por la nieve y el tiempo. Casi me había olvidado del animal cuando le escuché ladrar al lado de un pozo situado en el centro de un patio. Miré al fondo y pude distinguir un destello. Ayudándome de un cubo y una cuerda anclados al propio pozo pude sacar del agua aquel objeto, el cual pude identificar como una llave unida a un trozo de madera que le permitía flotar. Nunca llegué a saber qué hacía la llave ahí, pero el caso es que gracias a ella pude entrar en el interior del santuario y resguardarme junto al perro del frío. Decidí pasar el día allí e inspeccionar un poco el lugar, pero sin encontrar nada interesante. Todas las puertas estaban abiertas salvo una. No fue algo que llamara mucho mi atención así que busqué un poco de comida sin éxito entre los arbustos de la zona y volví al templo.
Durante la noche, por fin, volví a escuchar la voz que me hizo cambiar mi vida cuatro años atrás. Era tal y como la recordaba. No. Era incluso más bonita y clara. La voz me condujo a través del templo. No tenía antorcha ni lámpara de aceite, pero no la necesitaba. Atravesé todo el santuario a oscuras, del mismo modo que podía atravesar mi castillo aquellas noches en mi niñez cuando hacía alguna incursión nocturna a la alacena a por algo de comer. Llegué a la puerta de la habitación que no pude abrir, pero había algo diferente. Una luz azul brillante salía del ojo de la cerradura y de los extremos laterales, inferior y superior de la puerta.
Ven conmigo.
Oí una vez más. Y entonces abrí la puerta. Nunca olvidaré lo que encontré en aquel lugar. En el interior de aquella habitación, justo en el centro había una joven muchacha desnuda con la piel blanca sentada en un altar. Justo encima de ella había una claraboya desde la que se veía el cielo estrellado y la Luna llena. La habitación entera estaba alumbrada por aquella luz que trataba de escapar a través de las oquedades de la puerta. No tardé en darme cuenta que ella luz salía de ella misma. Me arrodillé ante aquella divinidad, no sabía por qué, pero sentí que era lo que debía hacer. Fue una sensación extraña. Siempre se habían arrodillado ante mí y yo nunca me había visto obligado a hacerlo. Fue agradable. Me sentía pequeño e insignificante, pero también fuerte y pleno de felicidad pues después de cuatro años de viaje había vuelto a escuchar aquella voz y, no solo eso. Estaba ante su presencia y la sentía como divina. No fui capaz de levantar la mirada del suelo. Se bajó del altar y comenzó a andar hacia mí. Nunca había estado tan nervioso. A cada paso que ella daba mi corazón latía más deprisa, incluso pensé que me moría cuando de repente se paró frente a mí. Solo armándome con todo el coraje que cabe en un hombre me atreví a mirarla y puedo afirmar que no existen palabras capaces de definir la belleza de la diosa y dudo mucho que alguien sea capaz de crearlas. Era tan hermosa como poderosa. Posó su mano sobre mi cabeza y era fría como la noche. Después de ello, por fin hablo y dijo:
Dije "ven" y has venido. Ahora quédate.
Entonces desapareció, y la luz con ella. Fue como si ascendiera hacia el cielo a través de la claraboya del techo. No sé cuánto tiempo pasó desde que entré en esa habitación. Me levanté del suelo sin saber muy bien qué era lo que acababa de suceder, sin saber si habían sido minutos u horas. Al salir de la habitación, encontré a ese perro blanco sentado que parecía estar esperándome. ¿Había soñado todo aquello? No, tenia por seguro que no. La incertidumbre y las dudas se apoderaron de mí pero si algo estaba claro era que debía quedarme. Eso había dicho ella, así que simplemente me quedé. Pasé la siguiente semana limpiando el lugar, rescatando cualquier objeto que pudiera serme útil y tratando de restaurar el templo. Al poco descubrí una escotilla que daba paso a una habitación subterránea en la que había una enorme biblioteca. Sorprendentemente, el suelo y la poca ventilación hicieron que la sala se encontrara en unas condiciones favorables para que sus libros no se deterioraran. Las semanas se tornaron en meses, los meses en años y la suma de ellos convergieron en dos lustros. Diez años leyendo, aprendiendo, entrenando en las montañas y cuidando del templo y de aquel perro blanco al que bauticé como Elur. A día de hoy no se si yo cuidaba de él o si Elur cuidaba de mí. Mis investigaciones en la biblioteca se centraron en la diosa y en el templo. Descubrí que la diosa se llama Selûne, y era la reina y soberana de la luna y de la noche y el templo estaba consagrado a ella. No obstante, no todas mis dudas fueron resueltas, pues a día de hoy no se por qué el santuario fue abandonado.
El día de mi treinta cumpleaños eché la vista atrás. Me sentía pleno, cultivado, realizado y experimentado. ¿A caso era eso la felicidad? El cielo estaba despejado y aún faltaban varias horas para que anocheciera, así que salí a revisar mis trampas en busca de algún desafortunado conejo que hubiera caído en ellas para la cena. Como siempre, dejé a Elur a cargo del templo y partí al bosque. Atrapé un par de conejos y tuve la suerte de toparme con conjunto de arbustos repletos de bayas y pensé que sería buena idea recolectarlas y llevarlas al santuario. Se me hizo tarde y cayó la noche. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Una extraña voz me gritaba desde alguna parte del bosque, pero no podía distinguirla. Comencé a seguirla. Poco a poco fui capaz de entenderla. Era la voz de Selûne, pero algo había cambiado. No era tierna y cálida como otras veces sino cortante y agresiva.
¡Ven!
Esa vez pude entenderla y sonó con furia. Corrí tanto como pude hasta el santuario. ¿Qué está pasando?

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